Hoy el paso de tus días en mis días es más ligero, más como un bello recuerdo y una grata sensación, leí tu libro y me doy cuenta que estabas tan saciada de la vida que no te faltaba vivir más, sino partir, estoy tan feliz de haber encontrado la forma de comunicarme contigo a través de algo que escribiste mucho antes de tu muerte, sin saber que sería una carta de consejos y despedida para quienes te amamos, quienes te amamos tanto que no podemos despegar tu recuerdo de nuestros corazones, de nuestra mente, de nuestra existencia. Yo te nombro al menos una vez al día, cuando me acuerdo de tus sabios consejos, de tus palabras, de tus frases, de tus chistes, de tu forma tan cálida de ser, de tu amor tan grande y tan puro, de todo lo que viviste y que forjó tu alma...
Eres una hoja suelta que está pegada a mi ser, una hoja suelta que me guía en la oscuridad, una hoja suelta que me da paz en las noches de desvelo, una hoja suelta que no quiero nunca soltar, eres libre como siempre quisiste, y eres parte de mí también, parte de cada uno de tus hijos y los hijos de tus hijos, serás siempre el legado que forjaste, la unidad de una familia que fue protegida por tu amor incondicional y serás también cada recuerdo que forma parte de nuestra historia, serás una leyenda porque hasta quienes no te conocieron, te conocerán a través de mis historias, las historias de mis hijos y de los hijos de mis hijos...
Tú siempre vivirás, en cada hoja suelta que se cruce en mi camino, en cada árbol y cada ráfaga de viento que respire, siempre estarás presente en mi vivir porque con tu vida, iluminaste mi infancia, mi adolescencia y mi adultez, y siempre te recordaré con gran amor y ternura, mi viejita.
Julia Ache.
jueves, 13 de septiembre de 2018
martes, 21 de junio de 2016
Hace casi un año de tu partida y en estos días, no puedo dejar de pensar en tí, en tus consejos, en tus bromas, en tu sonrisa, en tus ojos tan tiernos, en tus manos siempre frías, en tu corazón tan grande, en tu piel tan arrugada, en tu amor tan inmenso, en tu ausencia...
Tengo días queriendo hablarte, queriendo contarte todas las cosas que pasan desde que no estás, el chato se fue muriendo con tu muerte, las plantas renacieron y el jardín volvió a ser brillante, sin embargo tu olor ya no está, tu voz no se escucha más que en los latidos de mi corazón...
Recuerdo tanto tus últimos días, se han quedado impregnados en mi alma como una imagen viviente y anhelante de lo que compartí contigo, me siento tan afortunada de haber estado contigo casi hasta el último momento, pero es ese casi el que no me suelta, no me deja estar, no me deja ser, no me deja...
Habría querido sostener tu mano hasta el final, que supieras que no estabas sóla, que sintieras mi presencia acompañarte en el camino, que supieras que siempre te amé tanto, mucho más de lo que te demostré tal vez.
Agradezco a la vida el haberme permitido compartir muchos años a tu lado, poder tenernos mutuamente tanto tiempo, platicar, sonreirnos simplemente, escuchar tus vivencias, tus recuerdos, tus silencios, ver tus manos, tus ojos, tu boca, tu imagen cansada, vivida y tan cansada de vivir...
Quisiera abrazarte, tenerte en ratos porque sé que este no es un mundo hecho para tí, no es el mundo de los viejos, lamentablemente vivimos vidas ajetreadas que nos alejan y dejamos que nos alejen de la gente sabia y experimentada, tú tenías todo el tiempo del mundo para estar sentada, viendo, sintiendo, soñando, recordando y nosotros sólo ívamos y veníamos todo el tiempo con prisa, con ruido, con trabajo, con escuela, sé que querías un minuto de nuestro tiempo para compartir, para sentirte viva y me duele no haber podido dártelo siempre que lo necesitaste... siempre a prisa.
Hoy, a casi un año de tu muerte, no te lloro porque me engrandece el corazón el saber que dí algo de mí para hacerte sentir mejor, para demostrarte mi cariño, para amarte siempre y para estar ahí, nunca es suficiente pues hoy deseo haber estado más y mejor, sin embargo no te tengo, ya no estás.
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